Oriundo de Efeso, la más floreciente ciudad jonia tras ser
destruida Mileto por los persas, Heráclito (544-484 circa)
nació en el seno de una familia de linaje real, donde era hereditario
el cargo de sacerdote oficiante de Démeter eleusina, y vinculado
por eso mismo a esos Misterios. Su carácter severo, independiente,
mordaz y taciturno, opuesto por igual a la tiranía y a los demagogos
de la recién estrenada democracia, hizo que se retirase pronto
del mundo para dedicarse en soledad al cultivo del pensamiento.
Compuso un libro de aforismos, que depositó en el grandioso templo
de Artemisa Efesia. El tono oracular, lacónico e inclinado a
la metáfora de estas reflexiones suscitará en Sócrates
un famoso comentario:
«Lo que he entendido es elevado, y elevado también parece
lo que no entendí. Pero para descifrarlo todo habría que
ser un buzo de Delos».
Condenados nosotros a tener de ese libro sólo unos pocos fragmentos
sueltos, reconocemos en ellos un texto unitario e insólitamente
inspirado. Conciso y radical, a la vez que flexible y abarcador en sus
conceptos, agraciado por la originalidad del clásico y maestro
en el manejo de la paradoja, lo que afirma es siempre sagaz y a menudo
irónico. De Pitágoras, por ejemplo, comenta que enseña
muchas cosas, pero no a ser inteligente. De las cosas en
general, valiosas y menos valiosas, dice que están iluminadas
por una llama divina omnipresente.
El principio que trae a colación es lo racional, un logos -de
leguein , que significa reunir, decir,
determinar. Las traducciones latinas de logos son verbum
y ratio- al que llegamos con «vigilia» o atención
porque es también lo «envolvente» y «ubicuo».
Aunque el sistema de Heráclito se considera más próximo
al de los físicos milesios que al pitagorismo, toma de este último
el concepto de armonía y lo profundiza, extendiéndolo
al análisis del movimiento en general.
Sus discípulos e intérpretes destacaron de él casi
exclusivamente la idea de que todo fluye, desembocando en tesis escépticas
y agnósticas, según las cuales no se puede (o no podemos
nosotros) saber cosa alguna con mínima certeza. Sin embargo,
su filosofía de la naturaleza insiste con rasgos muy personales,
desde luego en las ideas de unidad y totalidad, y expresamente
en el concepto de razón como lo «común», «eterno»
y «rector». De Anaximandro pudo tomar su noción de
la justicia natural, aunque dándole un contenido acabado y denso,
y de Jenófanes el panteísmo que le hace percibir en todas
partes hasta en su fogón, dice uno de los fragmentos
lo divino. Se distingue de ambos, y de los pitagóricos también,
en que para él lo Uno ha de concebirse también como Todo,
siendo así resultado; ese tránsito de la unidad simple
y positiva a la unidad desarrollada (y conflictiva) que es la totalidad
real constituye el motor cósmico. Podemos considerar a Heráclito
como el más grande de los antiguos físicos, y suya es
la mejor definición de lo que entendió por «mundo»
el espíritu griego:
«Este cosmos, que es el mismo para todos, no ha sido hecho
por ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre fue, es
y será un fuego eterno y vivo que se enciende y se apaga obedeciendo
a medida» (Frag. 30).
El rasgo de no ser hecho en la doble acepción de no ser
«creado» y no ser tampoco dato muerto, facticidad
distingue la visión griega y la nuestra. Nuestro mundo es cada
vez más un «hecho» y, en cuanto tal, está
hecho o fabricado por alguien, que puede ser o bien un demiurgo
antropomórfico como el judío o bien la imaginación
humana en general. El cosmos griego es ante todo un «orden»
físico a la vez que un «ornamento», penetrado en
todas partes por un logos «sabio», cuya conducta recuerda
a «un niño que juega y tira los dados» (Frag. 52).
Heráclito supone que el universo está llamado a oscilar
entre un estado de expansión y una reversión de todas
las cosas al fuego primordial, reelaborando así concepciones
inmemoriales que la cosmología contemporánea ha resucitado
con la teoría de la explosión originaria (hipótesis
del «huevo cósmico» o big-bang) y el universo
pulsante. Contemplándolo a vista de pájaro, se diría
que la razón alegada por Heráclito es un retorno
indirecto mediado por la ciencia ya alcanzada con él y
sus predecesores- a ese espíritu que anima todas las cosas del
mundo para la mentalidad prefilosófica, y del cual se retira
el análisis por supersticioso y sólo psicológico,
emocional. Purificado de magia y temblor subjetivo, el logos
equivale a inteligencia natural o inmanente, que está en nosotros
porque nosotros pertenecemos a la physis. Reconciliador, pues, de la
exigencia analítica con lo más primigenio e irracional
del ánimo, este concepto puede rivalizar con el cálculo
pitagórico a la hora de considerarse el más influyente
en la historia del pensamiento. Sus primeras fisuras no se observan
hasta bien entrado el siglo XIX en Europa, y vienen acompañadas
por una crisis general de fundamentos para todo tipo de ciencia.
La physis «ama ocultarse», dice otro fragmento, pero
en sí es una amalgama de azar, juego y medida, donde cada cosa
determinada ha de ser consecuente («lógica») para
con su determinación. Ese será el hilo que permita pensar
afirmativamente la «discordia» sembrada por el movimiento
en general.
En contraste con los pitagóricos, Heráclito destaca como
elemento fundamental el tiempo. No hay tanto una extensión espacial
«determinable» (geométrica o aritméticamente),
como una especie de destrucción que a la vez conserva, una «guerra»
creadora de vida.
«Lo mismo es viviente y muerto, despierto y durmiendo, joven
y viejo; pues esto al cambiar es aquello y aquello al cambiar es de
nuevo esto» (Fr. 88).
La presencia afirmativa y estable no pasa de ser un sueño y
algunos, dice otro fragmento, no distinguen la vigilia del sueño-,
que se paga al precio del sinsentido universal. Pensando la existencia
como devenir, Heráclito no sólo describe su violencia
sino lo que tiene de «cumplimiento» para las cosas. Lo racional
se distingue tanto de lo simplemente positivo como de lo simplemente
negativo, porque captado en sí es más bien negación
de la negación, de acuerdo con una expresión acuñada
milenios más tarde por Hegel. El devenir pone en la unidad inmediata
de algo una diferencia, pero al hacerlo permite que «retorne sobre
sí mismo» (fr. 51). Lo otro a que llega no es entonces
un otro realmente, sino su otro, lo suyo mismo. Aparece así la
physis como una dinámica de auto-nacimiento en la diversificación.
«Para las almas es muerte llegar a ser agua, para el agua es
muerte llegar a ser tierra, y de la tierra nace el agua, del agua el
alma» (Fr. 36).
Por eso es necesario invertir el criterio común sobre lo afirmativo
y lo negativo:
«Lo contrapuesto concuerda, y de los discordantes se forma la
más bella armonía, y todo se engendra por la discordia»
(Fr. 8)
«De los contrarios, el que conduce al nacer se llama guerra (pólemos)
y discordia; el que conduce a la aniquilación se llama concordia
y paz» (Fr. 80).